Yo no lo callé, no pude.
Tan visceral, tan celosa
Tan llorosa, malcriada.
Le di golpes a su pecho,
Le escupí mis imprudencias.
Reproches de nada personal,
De delirios opacos que desayunan,
Cenan y beben entre sabanas y olor,
Olor que de puro añorar estaba allí;
Y se sentían egoístas, llenos de míos
Acostados en plumitas sintéticas,
Sustitos a distancia y voces graves.
Sírvanme un terrón de azúcar blanca
Un tercio de ajenjo en cristal.
Vertí el aire caliente en la ventana,
Emulando lo empañado que dije.
Conoces esos nuditos desesperantes,
Y es allí donde digo, los silencios.
Me gusta el olor a madrugada;
El sonido de tus ronquidos,
Desgarran la mudez
Rompían tiempo, hacían espacios
Unas tantas horas de nada, de dejos
De emociones que hacen daño.
Pero ahora tu estas cansado,
Se guarda el recuerdo.
Éramos cajita sin fondo,
Si es que fuimos alguna vez…
Lo efímero y crédulo,
Asustado, húmedo y dilatado.
Cómo, si nunca te tuve
Solo estabas entre sueños pesados.
Sentarse al borde del balcón
Y sentir cada segundo caminar por el cuerpo
Él, eso y la angustia,
El peso no es de minutos muertos,
Es de culpa, de alaridos
De querer encontrarte en palabras
Pero las sople con ira
Pero las queme impía.
Opio de esmirna, miel, levadura,
Agua caliente y alcohol,
Láudano, treinta y tres gotitas.
Entonces la melancolía y su deseo de omisión
La soledad en los labios rogando entrar,
Y pensar que por allí corriste en neblinas.
Solo digo qué silencio,
Urgiendo de sombra donde esconderme
Es tanta la pena, la renuncia, la timidez,
La cobardía, y esas maripositas que aun revolotean.
Vivo de tanta insensatez, de tantos errores.
Ahí pienso que éramos paredes negras
Y jugábamos a pintar puntitos blancos,
Si es que estuvimos alguna vez.
La indiferencia, c’est tourturante
Y no me miras, no me dices nada
Solo trago saliva y me ahogo,
Fonías solas de desconsuelo
Me resigno, beso le ventanita y digo
Me rindo.